Obviamente que tiene que ser así, pues desde los tiempos inmemoriables escucho que los hombres nacen con “mala fe” y “siempre tienen una agenda oculta”, son “todos iguales”. La mayoría de violadores, abusadores de menores, asesinos en serie y hasta los asesinos ordinarios, son hombres. Uno supondría que la maldad viene en la testosterona, ¿verdad?
Por muchos años he escuchado que se les echa la culpa a los hombres por todas las cosas malas que suceden en el mundo; particularmente por las cosas malas que le suceden a las mujeres. Es lo que escuché a mi madre y las madres de mis amigas decir una y otra vez: “los varoncitos siempre tienen su musiquita por dentro, ¡mucho ojo!”, “tan amable y tan sonriente, algo quiere de ti” o “nunca confíes en los hombres, solo dejan de mentir cuando están en silencio”. Al parecer los hombres son… el enemigo.
Es una actitud tan fácil de asumir que en cierto momento hasta nos parece lógica, así como fácil y lógico es comer habichuelas con dulce en Semana Santa. Un asunto cultural, sostenido por la historia y la antropología. Sin embargo, yo tengo un problema con ese concepto:
No veo diferencias reales entre los hombres y las mujeres –con excepción, por supuesto, de las diferencias propias del aspecto físico y funciones fisiológicas.
No somos entidades separadas. No somos especies diferentes. No venimos de diferentes planetas (y que me disculpe John Gray). No somos opuestos. Ni siquiera somos uno complemento de otro. Estamos biológicamente entrelazados. ¿cómo puede un género de la misma especie ser “mejor” o “peor” que otro?
Es cierto que la mayor parte de la violencia física y sexual en el mundo es llevada a cabo por el hombre. Pero la semilla de esa violencia, y la perpetuación de esa violencia, es responsabilidad de ambos, hombres y mujeres.
Las mujeres parimos a los hombres. Recientemente escuché un increíble rumor de que cada hombre de este planeta, tanto los buenos como los malos, fue traído al mundo por una mujer, y en la mayoría de los casos, criado por un mujer, quien les inculca los valores y principios que regirán su vida. La mujer es la principal transmisora, creadora y sostén de nuestra cultura. No somos víctimas pasivas de la opresión.
Mira a tu alrededor. Mira las películas, televisión y revistas. Mira los bares. Mira a la gente interactuando en la calle, en sus lugares de trabajo. Mira tu propia familia. Ahora dime que las mujeres no tenemos ninguna responsabilidad por mantener un status quo sexualmente violento y degradante.
Las mujeres tenemos un tremendo poder en nuestras manos, lo usemos o no. Por supuesto que no puedo hablar por las mujeres de otras culturas, pero igual sigo escuchando esos rumores de que las mujeres somos quienes traemos al mundo y criamos a los hombres, primeras maestras de la vida, del amor, de la moralidad. ¿Será que podríamos ser menos responsables que los hombres por el mundo en que vivimos? La “maldad femenina” puede no ser tan obvia como la “maldad masculina”, pero es igual de destructiva.
Consideraba a los primatólogos extremadamente latosos. Siempre diciéndome lo natural e inevitable es la dominación masculina porque nuestros antepasados más cercanos en la naturaleza estaban dominados por los machos. Yo digo que nuestros antepasados más cercanos también dormían en los árboles pero no escucho a ningún primatólogo decir que eso sería natural e inevitable hoy. Hasta que leí “Our Inner Ape” (traducido al español sería algo así como “Nuestro Mono Interior”), escrito por el mundialmente reconocido primatólogo Frans de Waal, y finalmente me enamoré de la idea de que venimos de los primates.
Frans me contó sobre los Bonobos (científicamente llamados “Pan Paniscus”, conocidos como chimpancés pigmeo); es una de las dos especies que componen el género de los chimpancés. La otra especie es el chimpancé común. Los Bonobos son los únicos primates, incluyendo a los humanos, con una inteligencia superior; las hembras tienen senos, disfrutan del sexo en la posición misionaria, caminan erguidos y tienen parches de pelo en la parte superior de la cabeza. A diferencia de los humanos, los Bonobos no podían expresar el dicho “hagamos el amor, no la guerra”, sino que vivían bajo esa filosofía. Cuando un grupo de chimpancés común (bajo dominación masculina) encontraban a otro, trataban de despedazarse unos a otros. Cuando un grupo de Bonobos (bajo dominación igualitaria) encontraba otro, ellos todos sostienen sexo en grupo. En serio, no me lo estoy inventando.
A diferencia de las chimpancés comunes hembras (quienes tienden a vivir en sociedades brutalmente violentas), las Bonobos hembras se unen, gobiernan juntas y le hacen la vida más dulce a los machos. A diferencia de los chimpancés comunes machos, quienes viven en constante peligro de ser asesinados o castrados por los machos rivales, los Bonobos machos tienen una vida larga, saludable, sexualmente activa y sin violencia. Y todo esto porque, a diferencia de los chimpancés comunes, los Bonobos tienen madres poderosas.
Toda mujer que alguna vez tuvo una suegra sabe que las madres pueden ser muy protectoras de sus hijos. Las madres Bonobo tienen la capacidad de asegurarse de que con sus hijos nadie se meta; los machos Bonono no se matan entre sí porque sus madres no se lo permiten. Crean para su familia un clima de respeto, paz y armoniosa convivencia, transmiten esos principios y normas de vida a sus hijos. Como consecuencia, la hembre Bonobo vive libre de violaciones, infanticidio y violencia doméstica.
Me pregunto: ¿Si la hembra Bonobo puede unirse a las demás hembras, crear las reglas para un mundo más seguro para sus hijos y obligar a sus hijitos a respetar tales reglas, por qué nosotras no podemos? Después de todo somos altamente inteligentes, tenemos senos, disfrutamos la posición misionaria, caminamos ergidas y tenemos parches de pelo en la cabeza. No nos falta nada de lo que tienen las Bonobos, verdad?
En fin, los hombres no son el género perverso. En todo caso, serían tan perversos como las mujeres les permitamos ser. Las mujeres deberíamos dejar de culparlos y empezar a asumir nuestra propia responsabilidad.
O hacemos eso, o podríamos comenzar a dormir en los árboles.